La revolución de la libertad Victoria y fracasos

11/01/2007

Victoria y fracasos

Giovanni Sartori

Para recordar lo que supuso la caída del Muro de Berlín, cuyo decimoquinto aniversario hemos celebrado, debemos seguir el orden de los acontecimientos. Primera parada: Berlín. O mejor dicho, dos momentos de Berlín, dos ciudades diferentes. El Berlín de 1948-1949 y el Berlín de 1989.

En 1948, el bloqueo de Berlín desencadenó la Guerra Fría. Se hubiera desencadenado igualmente en cualquier momento, pero el factor determinante fue el bloqueo de Berlín. Cuarenta años después, la caída del Muro provocó la caída del comunismo, y, poco más tarde, la caída de la Unión Soviética.

Estos dos extraordinarios acontecimientos berlineses (1948-49 y 1989) supusieron un punto de inflexión en el llamado “siglo breve”. No estoy muy convencido de su “brevedad”, pero sí de que fue un siglo intenso y agitado. Una de las ventajas de ser mayor (ni que decir tiene que también hay algunas desventajas) es que uno conoce la historia porque la ha vivido: uno ha visto las cosas, las ha experimentado, en algunos casos incluso las ha tocado. Cuando los historiadores empiezan a escribir sobre un asunto, intentan, sin duda, hacerlo lo mejor posible. Reconstruyen el pasado, y esta reconstrucción conlleva una interpretación; pero rara vez presentan sus estudios mientras ocurren los hechos.

En 1948-1949 Berlín fue rodeado y sitiado. El único vínculo de unión con Occidente era el aeropuerto de Tempelhof. Por aquella época tuve la oportunidad de aterrizar en ese aeropuerto, y resultó ser toda una experiencia. Tempelhof no era más que un diminuto terreno cubierto de césped en medio de la gran ciudad. Cuando aterricé (no recuerdo exactamente cuándo fue) había una tormenta tremenda, con rayos y nubarrones negros. De pronto, el avión empezó a descender en picado. Llegué a pensar que íbamos a estrellarnos. Pero no, ésa era la forma en que tenían que aterrizar los aviones en ese tipo de aeropuerto. Y en aquel diminuto terreno de césped rodeado de altísimos edificios, la facción occidental era capaz de entregar 6.700 toneladas de provisiones diarias, incluido el carbón. Recuerdo que los aviones aterrizaban y volvían a despegar sin parar, cada dos o tres minutos. Era increíble, pero aun más lo era el esfuerzo por ganar. Stalin pensaba que no tenían nada que hacer. ¿Cómo podían conseguir que Berlín sobreviviera? Pero lo hicieron, durante un año entero.

Finalmente, Stalin se dio por vencido. ¿Por qué? Bueno, Stalin todavía no tenía la bomba atómica. Y en caso de que la hubiera tenido, no contaba con el sistema de distribución apropiado ni con misiles. No podía correr el riesgo de implicarse en una guerra y decidió rendirse. Pero ésa fue la última vez. Desde aquel momento hasta 1989, fue Occidente quien tuvo que ceder una y otra vez. Cuando comenzaron las revueltas del Este de Europa, lo único que hizo Occidente fue sentarse y mirar. No podía hacer nada más. A esas alturas, se había establecido la doctrina de la DMA: Destrucción Mutua Asegurada. La Destrucción Mutua Asegurada significaba que nadie podía correr el riesgo de iniciar una guerra contra la Unión Soviética.

Quiero recordar otra anécdota relacionada con aquel puente aéreo de Berlín. En 1949, estaba en Nueva York y coincidí con el General Clark, que había estado al mando del Quinto Ejército en Italia. En 1944 había tenido la oportunidad de llegar a conocerlo bastante bien. Por aquel entonces estaba destinado en California, y cuando lo vi en Nueva York me dijo: “Ya sabe, vine en un avión con dos motores”; en aquella época anterior al jet, se solían utilizar aviones de cuatro motores para los vuelos transcontinentales, así que yo le pregunté: “¿Y eso, por qué?”. A lo que me contestó: “No queda un solo avión de cuatro motores en Estados Unidos, están todos en Berlín”.

El Muro se construyó la noche del 13 de agosto de 1961. Nadie se lo esperaba. Los servicios secretos occidentales de la época eran conscientes de que existía un plan para dividir y sellar Berlín. Pero aquel agosto creyeron que todo estaba tranquilo y que no iba a pasar nada. Demostraron muy poca previsión, porque la época de mediados de agosto es perfecta para las sorpresas. Muchas guerras han empezado a mediados de agosto, por lo menos las grandes. El Muro de Berlín se levantó en plena noche, ante la sorpresa de todo el mundo. Pero no se podía hacer nada. El presidente Kennedy estaba de vacaciones y no quiso interrumpirlas. Adenauer protestó, pero no con la energía suficiente. La única protesta que de verdad se dejó sentir fue la del alcalde de Berlín. No fue hasta dos años después cuando Kennedy se pronunció al respecto y dijo aquello de “Ich bin ein Berliner”. Si hubiese pronunciado esas palabras el 14 de agosto de 1961, quizás las cosas habrían tomado otro rumbo. Pero dos años después, al margen de ser un gran espectáculo, no tuvo ninguna consecuencia. El Muro se levantó, pero no de manera inmediata. Berlín se cercó durante la noche, pero el muro final, el de cemento, no se construyó hasta dos años después, en 1963. Cerca de 5.000 personas trataron de escapar. Cuando uno miraba aquel muro, podía imaginarlas. Algunas incluso lo consiguieron. Era increíble. La libertad es absolutamente irresistible y, milagrosamente, algunos la alcanzaron.

Remontémonos ahora al 11 y al 12 de noviembre de 1989: la caída del Muro. En 1989, los países del Este empezaron a volverse “desobedientes” y, de repente, Hungría abrió sus fronteras a Austria. Decenas de miles de alemanes del Este ya estaban ahí, esperando, y el gobierno de Alemania del Este se dio cuenta de que no se podía hacer nada para evitar que escaparan. Por eso declaró que estaba dispuesto a expedir permisos que permitirían a los alemanes del Este cruzar el Muro y pisar, después de mucho tiempo, el Berlín occidental.

En ese instante ocurrió un hecho extraordinario. Sólo un oficial de bajo rango compareció en la conferencia de prensa donde se realizó ese comunicado. Los medios de comunicación no dejaban de preguntarle “¿Cuándo, cuándo va a ocurrir eso?”. A aquel pobre hombre no le habían dado instrucciones. Miró sus papeles y entonces masculló, “Ab sofort” ("desde ya mismo"). Y eso fue todo. No estaba autorizado para decir “Ab sofort”, pero no sabía qué otra cosa decir. Necesitaba instrucciones por escrito y no le habían dado ninguna. Por eso pronunció aquel “Ab sofort”, y en un par de días, nos enteramos de que cinco millones de personas habían cruzado el Muro. No existe ningún tipo de acta ni de documento oficial que atestigüe que eso se estaba produciendo, ni siquiera una hora después de que la gente empezara a cruzar la frontera. ¿Quién ordenó a la policía fronteriza que se retirara? No lo sabemos y, personalmente, creo que no lo hizo nadie. Los guardias se evaporaron, simplemente desaparecieron. Por lo que yo sé, fue aquella expresión, “Ab sofort”, la que destruyó el Muro de Berlín.

Pasemos ahora al tema de la televisión. En Estados Unidos la conmemoración de este acontecimiento ha sido un auténtico fiasco. Cualquier otro programa de las tres grandes cadenas nacionales tuvo más audiencia que la emisión sobre el Muro de Berlín. Se impuso la industria del entretenimiento. Y las cadenas se lo tomaron con mucha calma. Se dijeron, “A la gente le interesan los asesinatos, las tormentas o los terremotos. ¿Por qué les va a interesar el Muro de Berlín?”. Ésa fue su justificación, algo que personalmente me resulta repugnante. A menudo suelo citar el cinismo de esta respuesta. Si la gente no está interesada, es sobre todo porque a lo largo de los años las propias televisiones se han encargado de restar interés al asunto. La gente reacciona ante lo que ve. Si no ve nada, si no se le informa sobre nada, evidentemente no puede estar interesada. Es una explicación muy sencilla. Este fiasco televisivo es culpa de la televisión, y eso es algo que dice mucho de nuestro futuro. Fue sin duda el acontecimiento más importante de la segunda mitad del siglo XX, porque la caída del Muro de Berlín supuso (aunque unos años después) la caída de la Unión Soviética, y, por tanto, la caída del comunismo y un nuevo renacer de la Historia.

Evidentemente, no se trata de un acontecimiento plasmado en imágenes impactantes. Si se hubiesen publicado buenas imágenes, como las de las Torres Gemelas el 11 de septiembre, la gente habría querido ver más y más. ¿Pero qué es lo que vimos? Vimos masas de gente cruzando el muro. Con diez minutos era más que suficiente. No se trataba de un acontecimiento interesante visualmente, a pesar de que se trataba de un hecho de una importancia simbólica sin parangón, comparable a la toma de la Bastilla. De hecho, la toma de la Bastilla, en sí, no significó nada. En la Bastilla sólo había tres guardias y un puñado de prisioneros. En realidad no pasó mucho más. No podría considerarse un asalto; los materiales se vendieron a constructores que ganaron una fortuna con aquellos restos. Aun así, el 14 de julio es la fiesta nacional francesa porque la toma de la Bastilla simboliza el final del Antiguo Régimen. El Muro de Berlín, en cambio, no consiguió convertirse en un acontecimiento con la misma categoría simbólica, a pesar de tratarse de una historia real (y no una inventada en su mayor parte). Y no lo consiguió porque, afortunadamente para Francia, en 1789 no existía la televisión; pero para nuestra desgracia, en 1989 ya había sido inventada.

Dos citas condensan lo ocurrido en 1989. La primera es de Martin Malia: “Nada nos ha sorprendido más del comunismo que la forma en que salió de la historia”. Es una cita extraordinaria, porque todos sabíamos que los regímenes comunistas se estaban viniendo abajo, pero nadie podía imaginar que el colapso se iba a producir tan rápidamente, o de la manera en que ocurrió. La segunda es obra de Enzo Bettiza. Se trata de un epitafio: “En 1989, la nada implosionó y se tragó a sí misma”. Es imposible ser más conciso.

En 1990, poco después de la caída del Muro, escribí un pequeño panfleto, La democracia después del comunismo. En él apuntaba que la democracia ya no tenía enemigos, pero ¿en qué sentido y hasta qué punto no tenía enemigos la democracia? Yo sostenía que no existía una contra- legitimidad con respecto a los países en los que el principio de legitimidad es la voluntad de la gente. Evidentemente, en los países teocráticos esa legitimidad no se aplica porque es la voluntad de Dios y no la voluntad de la gente la que cuenta (en 1990 Fukuyama se olvidó del Islam). Pero en la medida en que las sociedades políticas se basan en el principio de legitimidad democrática, en esa precisa medida, la democracia ha vencido al comunismo.

A pesar de esta premisa, fui víctima de una emoción excesiva (algo bastante inusual en mí). Creía que el pensamiento ideológico podría vencerse y que podríamos volver al pensamiento real. Y es que el pensamiento ideológico es sinónimo de no-pensamiento: está muerto, congelado, se trata de una mera repetición del pensamiento anterior. La gente deja de pensar en lo que dice, se limita a transmitir el mismo lema. Esta preocupación queda reflejada en mis libros. Siempre he combatido el pensamiento ideológico, y en aquel momento pensé que estábamos ante el instante en que volvería el pensamiento real, la capacidad de pensar. En 1990 afirmé que eso podría ocurrir para 2050, gracias al cambio generacional. Pero me temo que estaba equivocado, porque, aunque la ideología del comunismo (la ideología, no la filosofía) falleció definitivamente, nos encontramos con la fórmula de la corrección política, que viene a ser lo mismo. Ahora, el mundo se divide entre personas políticamente correctas y personas políticamente incorrectas. Es equivalente a las divisiones ideológicas del pasado.

Existen dos aspectos a tener en cuenta en lo que respecta a este análisis de la era post-comunista. Uno de estos aspectos es la escena internacional. Una vez más, ha cogido a mucha gente por sorpresa. Todos nos habíamos acostumbrado a la DMA –la Destrucción Mutua Asegurada–, que nos había proporcionado una clara estabilidad. Con la DMA, nos encontramos con un buen número de guerras secundarias y periféricas (África fue uno de los campos de batalla preferidos), pero los dos contendientes principales fueron sumamente cuidadosos. Tenían que serlo. Todos pensábamos que si aquella suerte de mundo bipolar se llegaba a colapsar, tendríamos más inestabilidad, aunque fuera una inestabilidad positiva, y no una inestabilidad amenazante. De hecho, un extraño aspecto de nuestra actual inestabilidad con respecto a la caída del “Muro de los Muros”, es la reconstrucción de cientos de nuevos muros. Desde 1989 hemos asistido a noventa guerras locales que han reconstruido otros tantos muros, guerras cuya intención era la de reconstruir pequeñas entidades nacionales. Algunas de ellas estaban justificadas (las identidades nacionales existen), pero muchas de ellas eran, como mínimo, sospechosas. Derivaban de la aplicación del principio de que es mejor ser general en un país pequeño que coronel en uno grande. Cuantos más países, más generales; y eso hace felices a los generales (la única excepción a esta tendencia a la “reconstrucción del muro” fue la guerra de Iraq de 1991). Por tanto, pasamos de una gran y única muralla a un montón de pequeñas murallas. Tal vez los pequeños muros sean mejores que los grandes. Pero, una vez más, nos hemos vuelto a encontrar con un nuevo muro, tan inmenso como el de antes: el islámico.

El otro aspecto es la escena democrática (insisto una vez más, se trata de la escena democrática, no de la escena internacional). ¿Qué le ocurrirá a la democracia? De nuevo, dando muestras de mi pesimismo y por lo tanto de mi cautela, vuelvo a recuperar una pregunta que formulé en 1990 y que cito textualmente: “¿Resistirá la democracia a la democracia?”. Hice esta pregunta porque es el enemigo quien nos mantiene unidos, quien nos mantiene movilizados. Y ahora no cabe duda de que tenemos un nuevo enemigo. Eso es lo que yo creo, al menos. Como no soy diplomático, puedo hablar sin diplomacia. Creo que asistimos a un choque de civilizaciones y que es inútil negarlo. La diferencia reside en que este nuevo enemigo no está generando la respuesta que generaba el anterior. Contra el comunismo, la Guerra Fría unió al mundo occidental, a pesar de que existía el riesgo de la guerra atómica. Pero ahora, cara a cara con el nuevo enemigo, ha ocurrido justo lo contrario. Occidente no sólo no está unido, sino que se está desmembrando y rindiendo.

La diferencia reside en que ya nos somos los mismos. Yo sigo siendo la misma persona que era durante la Guerra Fría, pero las nuevas generaciones son diferentes. Y las nuevas generaciones, para bien o para mal, se parecen cada vez más al niño consentido del que hablaba Ortega. Son blandos. Por lo general, estamos perdiendo valor, vigor y principios. Lo único que quieren nuestras sociedades es vivir de la manera más feliz posible; no quieren plantarle cara a las perspectivas menos agradables, a las posibilidades desagradables. Prefieren meter la cabeza bajo tierra. En los años cuarenta y posteriormente, Occidente tenía la voluntad de resistir. Ahora no está tan claro. Y uno de los motivos por los que está poco claro se debe a que no sólo las sociedades ricas han acabado convirtiéndose en sociedades blandas, sino que además seguimos teniendo al viejo enemigo entre nosotros. Oficialmente, los comunistas de tipo estalinista han dejado de existir, pero sus huérfanos han decidido vengarse. Han perdido Moscú, su casa madre, pero siguen combatiendo la democracia liberal. Les encantaría que la democracia liberal fracasara y su nueva bandera es el tercermundismo. Y el tercermundismo debilita profundamente nuestra resistencia.

Actualmente, nuestro problema más serio es que la izquierda sigue creyendo que la democracia liberal, y por consiguiente, la democracia occidental, es una democracia capitalista malvada. Con el fin de combatirla ha decidido abrazar el multiculturalismo en nuestras sociedades. Y ésta es una guerra que no vamos a ganar si no nos damos cuenta de que estamos realmente en peligro. 

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