Las elecciones estadounidenses y la política exterior

18/07/2016

 

En el caso de Hillary Clinton sus planteamientos nos llevan a una política exterior más conocida, debido a sus hechos y declaraciones durante sus cuatro años como secretaria de Estado, pero no necesariamente similar a la que ha planteado el presidente Obama, como algunos han afirmado. De hecho, tal y como ha demostrado en su apoyo a intervenciones como la de Libia o al establecimiento de una zona de exclusión aérea en Siria, sus posicionamientos son similares a la de liberales intervencionistas como la actual consejera de Seguridad Nacional, Susan Rice, o la embajadora de Estados Unidos en Naciones Unidas, Samantha Power, que defienden el uso de la fuerza en favor de los valores e ideales del pueblo estadounidense, si bien tamizado por un cierto pragmatismo, resultado del largo tiempo que Clinton ha pasado en la política estadounidense. En el caso de las relaciones con Rusia, ha manifestado su desconfianza hacia el presidente Vladimir Putin y se muestra más favorable a una posición contundente. Sus posicionamientos tradicionales, sin embargo, se han visto también afectados por la marcha de la campaña presidencial y la competencia frente al sector más liberal –progresista– de Bernie Sanders, al punto de llegar a afirmar que el uso de la fuerza debe ser la última opción e incluso a rechazar grandes acuerdos de comercio que previamente había apoyado, como es el caso del Acuerdo Transpacífico de Libre Comercio (TPP).

Más difícil aún es lograr clasificar los posicionamientos de Donald Trump, teniendo en cuenta sus continuos cambios de posición y la falta de coherencia de algunas propuestas, sin que sus entrevistas sobre la materia en medios como el New York Times o The National Interest o sus reuniones con intelectuales destacados como el presidente del Council on Foreign Relations, Richard Haass, hayan servido para aclararlos. Sus planteamientos, según diferentes analistas, beberían de diferentes fuentes, no necesariamente coherentes, que irían desde el realismo político hasta el aislacionismo, según los más críticos. Si bien defiende una actuación más contundente frente al Estado Islámico, rechaza involucrar a las tropas estadounidenses en lugares sin interés estratégico o solo con el fin de promocionar una democracia para la que no estarían ni interesados ni preparados. Además, muestra una actitud más conciliadora hacia dirigentes como Putin y defiende la necesidad de que los aliados de Estados Unidos, sean europeos o asiáticos, paguen por su propia defensa. Más contundente se muestra frente a la política comercial de Estados como China, donde defiende que Estados Unidos no es lo suficientemente respetado en la actualidad y rechaza también acuerdos de libre comercio como el citado TPP, proponiendo incluso una reforma e interpretación del NAFTA –Acuerdo de Libre Comercio con Canadá y México– más favorable para los intereses estadounidenses. Otras posturas como la neutralidad hacia el conflicto entre israelíes y palestinos han sido, en principio, rectificadas.

Con todo y siguiendo los planteamientos del destacado diplomático estadounidense George Kennan, uno no debe ver solo lo que se dice sino, principalmente, lo que se hace. Es por ello que la verdadera importancia de las ideas expresadas por los candidatos en política exterior vendrá determinada por su aplicación, una vez uno de ellos logre llegar a la Casa Blanca, y por los resultados que esta produzca. Pero este desenlace está aún por llegar.