Europa y la libertad de expresión. A propósito de Flemming Rose

15/07/2015

El pasado día 3 de julio, en la sede de la Asociación de la Prensa de Madrid, tuvo lugar la apertura del curso internacional del Campus FAES.

El curso ha sido algo así como una ruta por el maltrecho estado de la libertad en diversas partes del mundo. La libertad maltrecha de Venezuela; la libertad ansiada de Cuba; la libertad negada de manera sangrienta a los cristianos en Oriente Medio y el norte de África por el impulso expansivo y atroz del terrorismo yihadista. Pero una libertad también gravemente comprometida en Europa, como FAES ha querido ejemplificar en el caso del periodista danés, amenazado y perseguido, Flemming Rose, y en la libertad de expresión.

Hemos pretendido que tratar estos temas fuera un recordatorio fundado de que la libertad, por mucho que a nosotros nos parezca un bien alcanzado para siempre, sigue siendo un derecho todavía escaso y todavía amenazado. Por eso en torno a la libertad, y para la libertad, se siguen librando desafíos democráticos, cívicos y políticos que también nos incumben a nosotros. No sólo porque tengamos un deber de solidaridad con quienes los libran, sino porque nosotros mismos, las sociedades democráticas y abiertas en las que queremos seguir viviendo, tenemos que librarlos.

Cuando hablamos de sociedades libres y abiertas, no hablamos de abstracciones. Hablamos de democracia representativa, de Estado de derecho, de economía abierta, de derechos humanos, de racionalidad científica. De esos elementos que forman lo que podemos denominar el paradigma europeo, o si se quiere, occidental.

Este paradigma es el gran éxito cultural del que nos beneficiamos, pero sobre todo del que somos depositarios. Un éxito asentado en instituciones y en sociedad civil que tiene un desarrollo histórico complejo pero una clave esencial: la construcción de una idea precisa de libertad, su extensión y su garantía en el régimen constitucional.

La libertad es la que habilita para votar, pero también para emprender, para innovar, para investigar, para trabajar y para creer; para crear y por supuesto para comunicar, informar y expresar. La libertad es el motor del progreso y la condición de la paz.

En la idea de libertad se funden los valores de la dignidad, de la razón, del derecho. Por ello, lo reconocemos como un atributo que por ser humano lo tenemos por universal.

En este punto es cuando suelen aparecer dos reproches. Uno, el del dogmatismo. Otro el del eurocentrismo.

Insistir en la universalidad de los derechos humanos y del derecho a la libertad es, para algunos, un exceso de celo dogmático, una suerte de fundamentalismo democrático, en el mejor de los casos ingenuo, incapaz de reparar en que las condiciones concretas de una determinada sociedad o grupo humano los hacen intrínsecamente inhábiles para acceder y disfrutar de la libertad. El argumento final de esta posición es que el remedio es peor que la enfermedad, así que mejor no implicarse en una injerencia condenada al fracaso.

Desde otras posiciones, el argumento es distinto pero confluye con el anterior en la conclusión. No es que no se pueda abogar por la libertad en determinados pueblos, sociedades o comunidades; es que no se debe hacerlo. En nombre de la diferencia cultural, algunos consideran que hablar de estas cosas no es más que un intento disfrazado de imposición occidental sobre  aquellos que lo único que reclaman y a lo que tienen derecho es a la diferencia.

No entraré en la polémica multicultural. Simplemente recuerdo las palabras de alguien poco sospechoso de retrógrado como Zygmunt Bauman :

“La universalidad y el respeto por los derechos de los ciudadanos son las precondiciones de cualquier política de reconocimiento que se considere sensata. Vale la pena agregar –continúa Bauman– que la universalidad de la humanidad es el punto de referencia con respecto al cual debe medirse toda política sensata del reconocimiento.”

“El nuevo culturalismo –afirma Bauman–, al igual que el anterior racismo, se empeña en sofocar la conciencia moral y aceptar la desigualdad humana como un hecho que excede las capacidades de intervención humana (en el caso del racismo) o como condición con la cual no se debe interferir, por deferencia a sus venerables valores culturales”.

Dicho en otros términos: muchas veces basta cambiar el nombre a la desigualdad y llamarla “diversidad” para que una negación de derechos fundamentales, que a todos nos parecería inaceptable, se convierta en una diferencia cultural digna de respeto y protección. Este ejercicio de prestidigitación conceptual no parece muy progresista.

Pues bien, la lucha por preservar la libertad no es un compromiso innecesario, ni una ingenuidad peligrosa, ni una injerencia indeseable en otras formas de vida. Como tampoco es sólo teórica la influencia de los que predican el sacrificio de los derechos fundamentales en nombre del respeto a la diferencia, a la identidad o al reconocimiento.

Quien lo dude que se lo pregunte a Flemming Rose.

El 30 de septiembre de 2005, Flemming Rose, como editor cultural del Jyllands Posten publicó una serie de 12 caricaturas de diversos autores a los que había invitado a expresar su visión del Islam. Entre estas caricaturas, particularmente una del profeta Mahoma fue utilizada por los islamistas radicales mas activos para convertir la publicación del Jyllands Posten en detonante de una reacción que alcanzó gravísimos episodios de violencia y represión.

Rose, los caricaturistas que publicaron en ese número del Jyllands Posten y varios miembros de la redacción del periódico fueron amenazados. Sus vidas cambiaron y pasaron a formar parte de las listas de objetivos del terrorismo yihadista.

La suya es una historia que ya no nos resulta desconocida en Europa. En España, es una historia que nos resulta dramáticamente familiar cuando durante décadas la tiranía del silencio que denuncia Rose se ha querido imponer sobre miles de ciudadanos y sus derechos políticos y civiles más elementales. Y sin embargo, esta historia tan crudamente real necesita ser recordada para que no se oculte con sus víctimas ni ceda a la intimidación que éstas mismas sufren.

Es importante precisar claramente por qué hemos querido enfocar el tema de la libertad de expresión desde la perspectiva que propone el caso de Flemming Rose que, al mismo tiempo, ofrece otras facetas que también son muy relevantes para el futuro de las libertades en Europa. A partir de su experiencia como verdadera persecución, el propio Rose ha tratado sobre la posibilidad de un Islam que asuma la secularidad de las sociedades occidentales, sobre el papel de la izquierda ante el islamismo y las consecuencias de su insistencia en las políticas de identidad y reconocimiento, sobre las condiciones del dialogo pluricultural, los límites del multiculturalismo o el verdadero sentido de la tolerancia.

Flemming Rose escribió el 19 de febrero de 2006 un artículo en The Washington Post titulado “Por qué publiqué esas caricaturas”.

En ese artículo Rose decía que él no publicaría cualquier cosa al amparo de la libertad de expresión. Negaba ser un fundamentalista en su apoyo a la libertad de expresión, como confirmó en Madrid declarándose partidario de penalizar las expresiones que inciten a la violencia y la intromisión ilegítima en la vida privada. Pero se acogía a la tradición satírica de la prensa danesa al representar a la familia real y los grandes personajes públicos del país.

Flemming Rose recordaba que los caricaturistas habían tratado al Islam de la misma manera que habían tratado al Cristianismo, el Budismo, o la religión judía. Negaba haber demonizado a los musulmanes y reconocía que a algunos había ofendido la publicación de las caricaturas. Pedía disculpas por ello, pero reivindicando su derecho a publicar ese material gráfico al tiempo que recordaba que en ningún otro ámbito conviven pacíficamente un mayor número de religiones que en una democracia donde está garantizada la libertad de expresión.

Algo después, en una entrevista, el propio Rose dejaba planteado el problema en los términos en que hoy queremos abordar. Decía Rose:

“En este tema hay dos narrativas: Están los que dicen que se trataba de una polémica sobre la libertad de expresión y la autocensura, sobre la negativa a otorgar a un grupo religioso un tratamiento especial en el espacio público. Y luego, hay otra narrativa que dice que esto no se trataba de una cuestión de libertad de expresión sino de un poderoso medio de comunicación, un poderoso periódico, que insulta a una minoría. Este era un debate legítimo hasta el momento en se lanzaron amenazas. Los doce caricaturistas y yo recibimos amenazas de muerte; se cerraron periódicos en Rusia y Malasia, y directores de periódico en Yemen y Jordania fueron encarcelados. Llegado a ese punto, aquello se convirtió exclusivamente en un asunto de libertad de expresión.”

Y, en efecto, es aquí donde se debe llegar cuando hablamos de las amenazas a la libertad de expresión más graves que pesan sobre ese derecho en Europa. Y ello por tres razones fundamentales:

Primero. La libertad de expresión y sus límites son sujeto de debate permanente. El consenso democrático y liberal en torno a la libertad de expresión nos une en muchas coincidencias y el debate seguramente identificaría algunas discrepancias. No hace falta insistir en cómo la revolución digital afecta a este debate y su impacto en este derecho. Pero la violencia, la negación del derecho, la imposición del silencio, la muerte civil y hasta la física, dejan sin sentido cualquier debate sobre los límites de la libertad de expresión y lo transforman en un debate sobre los límites que tenemos que poner a los que la niegan y quieren acabar con ella mediante la amenaza y la violencia.

Segundo. La defensa de la libertad de expresión responde, entre otras razones, a la defensa de una libertad esencial como la libertad religiosa, que históricamente ha demostrado ser un indicador sensible y muy preciso del estado de las demás libertades en una sociedad. Hablamos de libertades que tienen una singularidad jurídica propia, que pertenecen a un tronco común, y como tal tronco hay que mantenerlo en su integridad.

Tercero, porque la diversidad no es la estación término sino un punto de partida para lo que alguien definió como “un debate continuo en pos de una concepción común del bienestar”. Pero hay que añadir que este debate exige hacer juicios de valor, no tomar como moralmente equivalentes o igualmente valiosas todas las posiciones, y que sólo puede tener lugar en el “régimen constitucional democrático” por utilizar el marco habermasiano.

Es decir, debemos aceptar muchos debates sobre la diferencia, la identidad y el reconocimiento en una sociedad pluralista. Pero no podemos ni debemos aceptar ninguno que parta de establecer que la lealtad a las creencias sea incompatible con la lealtad a nuestra condición de ciudadanos libres.