ANÁLISIS FAESLos enemigos del TTIP, por Francisco Cabrillo

05/07/2016

Puede parecer sorprendente, pero quienes defendemos la conveniencia -y la necesidad- de que se firme en el plazo más breve posible el acuerdo para la creación de una gran Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP, en sus siglas inglesas) hemos pasado a una actitud defensiva, consistente en tener que justificar algo que Europa realmente precisa si quiere seguir siendo un continente relevante en la economía global de nuestros días. Y resulta más urgente que nunca tratar de convencer a nuestros compatriotas de las ventajas que, en términos de empleo, riqueza y bienestar, obtendrían de una mayor apertura internacional de nuestras economías.

A pesar de que la oposición al TTIP se presenta como un movimiento de la izquierda europea en contra de unas medidas liberalizadoras apoyadas por la derecha, lo cierto es que la estructura de las fuerzas  en contra del proyecto es mucho más compleja, ya que en el bando de los enemigos de la libertad de comercio se encuentran no sólo los radicales de Syriza o de Podemos, sino también del Frente Nacional de Marine Le Pen y otras fuerzas nacionalistas a lo largo y ancho del continente.Es decir, el TTIP se enfrenta a la oposición de la mayor parte de las fuerzas populistas de Europa, de derechas e izquierdas, que, en este punto, mantienen una postura muy similar. Y esta variopinta coalición está transmitiendo a la opinión pública la idea de que la firma del acuerdo supondría un triunfo para las multinacionales y una derrota para los ciudadanos europeos frente a las pérfidas fuerzas de los mercados, sin que -fuera de determinados ámbitos académicos o empresariales- se expliquen las ventajas del tratado.

Uno de los argumentos más repetidos por quienes se oponen a un comercio internacional libre es que ellos defienden a la nación y a sus trabajadores frente a los intereses extranjeros. Por tanto, cabría pensar que si, en este caso, Europa se va a ver perjudicada y los Estados Unidos beneficiados, los norteamericanos deberían estar muy contentos con el proyecto. Pero, evidentemente, no es así: en los Estados Unidos -país al que se acusa de imperialista y de querer imponer sus condiciones a los europeos con este tratado- también existe una fuerte oposición al acuerdo. La argumentación, eso sí, no se basa tanto en criterios políticos como en el proteccionismo tradicional de los intereses económicos locales, actitud muy extendida en el mundo político norteamericano.

Aquel país se encuentra hoy en campaña electoral, y la experiencia nos enseña que los candidatos a la presidencia no defienden medidas de apertura que  puedan hacerles perder los votos de una población más inclinada al proteccionismo que a la libertad de comercio. En los Estados Unidos, las negociaciones dirigidas a promover el comercio internacional libre han sido impulsadas siempre por la presidencia, que es la que tiene que convencer a los congresistas para que acepten acuerdos a los que, en la mayor parte de los casos, se oponen.

Afortunadamente Obama no está en campaña; y un presidente pato cojo-en la terminología local- puede utilizar sus poderes y su independencia para sacar el proyecto adelante. Pero no está claro lo que puede suceder en los Estados Unidos en lo que se refiere a este acuerdo. Con un Trump que se opone a él de forma decidida, una Clinton que no ha tenido nunca grandes convicciones con respecto a la liberalización comercial y unos congresistas que defienden, ante todo, los intereses locales de sus votantes, la situación es de evidente incertidumbre.

Decía George Stigler que los economistas somos como unos predicadores cuyos consejos sólo son seguidos por la gente cuando ésta ha sido convencida previamente de sus bondades. Por ello es urgente transmitir a la opinión pública en Europa -y en España también- el mensaje de que nos estamos jugando mucho y de que un fracaso de la negociación - que sería visto como una gran victoria por los populistas y los nacionalistas-  tendría costes muy elevados para todos nosotros. Y me temo que queda mucho por hacer en este campo.


Francisco Cabrillo es catedrático de Economía de la Universidad Complutense