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RESEÑAS

El presidente Obama dedicó la semana pasada a Iberoamérica. Su Administración anunció el levantamiento de algunas medidas que suavizan, sin eliminarlo, el embargo a Cuba. Tanto el presidente como la secretaria de Estado reconocieron el fracaso de una política de cincuenta años: no hay libertad en Cuba ni prosperidad para el pueblo cubano. Obama visitó México, donde apoyó los esfuerzos del Gobierno del presidente Calderón en su lucha contra la violencia del narcotráfico. Y concluyó la semana participando en la Cumbre Interamericana de Puerto España (Trinidad y Tobago), donde fue él, y no Hugo Chávez, el verdadero protagonista de la reunión. El estilo amable, la frescura y la delicadeza de Obama han vuelto a cautivar a propios y extraños. Pero sigue sin conocerse un diseño global y coherente de su política exterior. Y, al igual que tras su gira europea, puede haber dudas sobre la efectividad de tanta actividad diplomática. Como él mismo dijo, “la prueba para todos nosotros no son sólo las palabras, sino también los hechos”. Una dura exigencia en momentos de crisis económica internacional y de serios desafíos para la libertad en América Latina.

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