CORONAVIRUS Estados Unidos, la OTAN y el COVID 19. La potencia indispensable que no ha comparecido

28/04/2020

Análisis FAES


Una de las características que distinguen la pandemia del coronavirus de otras crisis globales es que, por primera vez, Estados Unidos no ha asumido el papel de liderazgo mundial en la respuesta. A diferencia de lo que ocurrió con el surgimiento del SIDA, de la gran recesión de 2008 o del virus del ébola en 2014, Estados Unidos ha abdicado de esa responsabilidad y lo que ha prevalecido en su Administración ha sido cómo encajar lo que supone esta crisis de salud pública en el paradigma del “America, first”.

Con ello la relación transatlántica ha sufrido de nuevo un efecto muy negativo en su credibilidad, lo que hace más necesario, pero no más fácil, seguir apostando por su continuidad y su fortalecimiento. ¿Cómo hacerlo?

El pasado 23 de marzo, las Fuerzas Armadas de España solicitaron ayuda oficialmente a la OTAN, en concreto al Centro de Coordinacion de Respuesta a Desastres. El Ministerio de Defensa remitió una lista especificando las urgentes necesidades en material sanitario y de protección personal para el Ejército español y la sociedad civil. Aunque la OTAN no dispone de stocks centralizados para distribuir inmediatamente entre los países aliados, procedió a urgirles a responder a los requerimientos españoles.

Una semana antes, el 14 de marzo, el presidente del Consejo Atlántico, Frederick Kempe, instaba al presidente norteamericano Trump a invocar nada menos que la cláusula de seguridad colectiva de la Alianza Atlántica, plasmada en el famoso artículo 5 del Tratado fundacional de Washington, que prevé una respuesta colectiva frente a un “ataque armado” contra uno de los aliados[1]. Más allá de las virtualidades de orden práctico de tal iniciativa, razonaba Kempe, su activación por parte de Trump supondría un elocuente símbolo y un poderoso gesto de liderazgo internacional norteamericano en un momento de cuestionamiento y debilidad del vínculo transatlántico.

Se antoja discutible la idoneidad e incluso la eficacia de combatir una epidemia global como la del COVID-19 invocando una cláusula de seguridad colectiva, prevista para responder mancomunadamente a un ataque armado de un tercero contra un aliado.

Es cierto que la única vez en la historia de la OTAN que se activó el artículo 5 del Tratado de Washington, con ocasión del ataque terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre del 2001, fue menester realizar una interpretación flexible y extensiva del tenor y del espíritu de dicho artículo. Pero, a fin de cuentas, se trataba de un ataque terrorista de un tercero (aunque no fuera un Estado) contra un país aliado como los EE. UU. Lo que evidentemente no es el caso en la pandemia de coronavirus que asola muchos países, miembros o no de la Alianza.

En la OTAN, acaso se podrían invocar las consultas políticas, recogidas en el artículo 4 del Tratado de Washington, con vistas a intercambiar información, compartir experiencias y acordar estrategias conjuntas para combatir la insidiosa epidemia. Esto es, para articular una respuesta coordinada más eficaz y solidaria entre los aliados.

Si se pretende que Washington asuma finalmente la posición de liderazgo mundial que le correspondería, tal como hizo en la Gran Recesión de 2008 o en la epidemia del ébola de 2014, entonces quizás lo más idóneo y oportuno habría sido que el presidente Donald Trump hubiese actuado como el catalizador de los esfuerzos de la comunidad internacional para hacer frente al COVID-19 a través del G-7, o aún mejor del G-20, y hombro con hombro con la Unión Europea. No haberlo hecho ha significado, entre otras consecuencias, dejar abierto el terreno para que China –pese a ser el origen del coronavirus, y su modelo político un régimen autoritario y centralizado– aparezca a los ojos de la comunidad internacional como el referente eficaz y resolutivo en la gestión de esta crisis global, que cuando cese de ser sanitaria será económica, financiera, social y política. Y probablemente también civilizacional. El activismo chino con las estrategias de desinformación dentro de esa “batalla de narrativas” en la red –como la calificó el Alto Representante de la UE, Josep Borrell– puede tener un impacto real e indeseable.

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